martes, abril 22, 2008

El embrujo cordobés

Si se lo cuento a futuras generaciones mías, nadie se lo creería. ¿Qué fuiste a Córdoba y te llovió?. Venga ya, si allí no bajan de veinte grados.

Bueno espero que ustedes, leales y fieles seguidores del arcón, me crean. Llovió lo que no está escrito ni en el arca de Noé. Pero verán, era uno de los pocos fines de semana en los que tanto mi bichito y yo íbamos a tener libertad absoluta sin ningún tipo de compromiso profesional ni personal. Así que en un arrebato de los míos, le dije que sólo había ido a Córdoba una vez en el colegio y que casi ni me acordaba de lo que ví, porque cuando eres pequeño te da igual si lo que ves es un arco de herradura o de medio punto, lo único que valorabas es te habías perdido un día de clase por ir a un sitio que estaba muy lejos.

Entonces, compramos los billetes, de tren por supuesto, llegando en un hora y lo primero que te encuentras es la oficina de turismo, cosa que no ocurre en todos los sitios que te las ves y las deseas para encontrar una mínimamente decente que te oriente.

El señor sonrisas y welcome y bienvenido, nos dio un mapa de córdoba con los horarios de los sitios y nos hicimos un medio planning que cumplimos a la perfección, sobrandonos bastantes horas para disfrutar de lo que veíamos a pesar del diluvio universal.

Bajamos la avenida de media hora, en quince minutos y visitamos una casa andalusí, la sinagoga y el alcazar de los reyes católicos, antes de una primera parada para tapear algo. Lo que más me impresionó fue lo bien cuidado y conservado que tienen el casco histórico y lo inteligentemente separado que se encuentra de lo que es el centro de la ciudad. Una separación lógica para ayudar al turismo a poder orientarse y para poder acondicionar mejor esas zonas que tienen que tener un cuidado exquisito. Córdoba tiene un embrujo especial porque fue ciudad importante durante buena parte de nuestra historia y eso lo tiene bien presente para cuidar su historia y conservarla para futuras generaciones, eso fue lo que más me gustó.

Después del receso, vimos la parte que más me recordaba a lo que estudié en el cole y en el instituto, los baños árabes y la Mezquita de Córdoba. Dos lugares en los que nada más entrar en las salas, ya aprendes y sientes como vivían en esa cultura y admiras lo que fueron capaces de realizar en su momento.

Sólo una vez sentí lo mismo que al entrar en la Mezquita, que fué cuando divisé la Victoria de Samotracia en el Louvre. Los arcos se mostraban en una hilera perfecta y perpendicular a las otras calles ante mi, con una presencia majestuosa y pude ver porqué es considerada una de las mayores glorias de la arquitectura islámica junto a la Alhambra, que será otra de mis próximas paradas.

Mis ojos no tenían tiempo de cerrarse ante tanta maravilla que divisaban alrededor. La única pega fue no poder entrar al Mihrab, pero la experiencia mereció la pena.

Comimos en un sitio maravilloso y barato cerca de la Mezquita y después nos dirigimos al lugar que recordaba exactamente que había visitado con el colegio: La torre de Calahorra. Un sitio que nos fascinó en su momento, por tener una alta tecnología, que consistía en unos auriculares enormes que al entrar en una sala se encendían y te explicaban varios momentos de la historia de Córdoba.

Cuando fuí esta vez, la fascinación se convirtió en nostalgia y en recordar como me ilusionaba escuchar voces que no sabía de donde salían pero que me enseñaban la filosofía de Averroes y el significado de los arcos de la Mezquita.

La última parada fue en el Museo Arqueológico y justo después no paró de llover de una manera abrumadora que nos hizo volver a la estación y justo al entrar, como si el tiempo se quisiera burlar de nosotros, paró de llover.

Como quedaba bastante hasta que cogiéramos nuestro tren, volvimos a bajar para degustar unos churros cordobeses, que nos comimos a la salud de una extranjera que se dejó diez bonitos euros en el suelo, y que como los ignoró de una manera aplastante, yo los acogí en mi monedero, para que no se perdieran por el camino y tuvieran un sitio mejor donde orientarse. Unos churros exquisitos con chocolate.

¿Qué estuvo mal? Ya lo sé, pero no me creo a las buenas samaritanas que dicen que hubieran devuelto el dinero, es lo que tiene vivir en una sociedad como la de ahora, que presumimos de nuestras actuaciones bondadosas que todavía no hemos sufrido pero que tenemos la autoridad divina de opinar y juzgar sobre los demás. Sé, a ciencia cierta, que todo el mundo hubiera cogido el dinero. Yo, al menos, me quedo con la conciencia tranquila que tuve el amago de devolverselo y punto.

Aparte de esta anécdota, me quedo con que por fin tuvimos una oportunidad de aprovechar en condiciones un fin de semana libre, disfrutando del embrujo cordobés de su historia que hizo nublar la lluvia que nos cayó durante todo el día.

1 comentario:

*aleato* dijo...

Holaaaaaaaaaa, jejeje, yo el año pasado fui con el insti a Córdoba y también nos pasó lo mismo, diluvió durante todo el día, llovía tanto que no podíamos ir por sitios que no tuvieran techo porque con dos pasos que dabas ya acababas empapao!

Bueno pues ya veo que a pesar de eso pudiste ver la mayoría de las cosas y te encantó!

Buenooooooo saludoooooooooooosssss!!
;)